Será el fin del mundo pero no de los afectos

Para J.

Cuando tenía 12 años creía que llegaría el fin del mundo con una invasión extraterrestre. No sé si se trataba de algo descabellado o dada la situación en la que estamos inmersas ahora mismo mi cabecita podría no haber ido muy desencaminada. Para llevar mejor ese miedo que me producía ser abducida en mitad de la noche por una nave ovalada llena de luces verdes y amarillas, yo no buscaba el afecto de mi madre, padre o hermanas, un afecto seguramente necesario, sino el afecto que me proporcionaban los libros. Leía.

A medida que fui creciendo, fui consciente de que el afecto tanto de las personas que yo consideraba cercanas como de los libros es algo imprescindible en la vida: el beso de tu hermana cada vez que te ve, el abrazo de tu amiga cuando estás triste, los cariños de una compañera, etc. Nunca, hasta relativamente hace poco le di un carácter político a los afectos; quizás los tenía reducido a la esfera íntima pero ahora, más que nunca, me he dado cuenta de que tenemos que convertir los afectos en una revolución, la revolución contra el sistema.

En los tiempos que corren, los afectos, desde mi punto de vista, parecen haberse convertido en algo finito en el planeta tierra. Nadie los ha prohibido, no aparecen sancionados en ninguna normativa y legislación pero tampoco nadie ha hablado de ellos, nadie les ha dado la importancia que merecen. Puedo considerarme afortunada de cómo ha sido mi confinamiento, con salud (la mía y la gente de mi alrededor), con trabajo, sin situaciones difíciles como maltrato o con peques a mi cargo, “disfrutando”, en gran medida, de mi soledad. Pero llegó un momento al final, que tenía carencias, que muy a mi pesar ni los libros lograban paliar. Necesitaba ver gente, sentirlas cercana, tocarlas, ver que eran reales y estaban ahí, que no se habían evaporado como las nubes cuando vienen precipitaciones. Siempre he sido una persona tímida e introvertida, volcada en mi mundo interior que desde fuera podría llevar a pensar que no me importan demasiado las relaciones personales y, sin embargo, salí del confinamiento con la sensación de que nos estaban quitando algo muy preciado, indispensable para una vida de calidad: los afectos de todo tipo. Y necesitamos ese sostén.

Lo he comentado en otras ocasiones, el capitalismo lo fagocita todo y ahora le interesa devorar, como una especie de Saturno contemporáneo, que la comunidad, la solidaridad, el cariño, lo común, el amor desaparezca. De alguna forma, eso haría que nos miráramos más aún si cabe el ombligo. Somos más débiles separados que en comunidad y el capitalismo nos quiere solas (ya lo decía también Coral Herrera) y para mí, lo más desolador es que parece que ni siquiera nos estamos dando cuenta.

Quiero que los afectos oKupen los espacios públicos (siendo conscientes del virus con el que estamos conviviendo). Quizás debamos ser más precavidas pero los espacios públicos son de la ciudadanía, también para los afectos. Son un derecho que deberíamos considerar irrenunciable. Sin embargo, desde hace tiempo, incluso antes de la COVID, una no puede sentarse en una plaza a conversar con sus amigas porque no hay bancos o están separados, cualquier lugar se convierte un lugar de paso; ni siquiera los lugares de paso son cómodos. ¡Cuántas aceras están invadidas por las terrazas de los bares para que no podamos estar en ese espacio sin consumir! Es realmente difícil, oKupar y oKupar sin pagar por ello (quizás en más de un sentido).

Por esto es que reivindico una política de los afectos, donde nos cuidemos, nos veamos, nos sintamos cerca física y emocionalmente, donde conversemos y generemos vínculos, donde nos escuchemos y abramos espacios de confianza al ritmo que cada persona necesitemos. Me niego a interiorizar que es una blasfemia darnos un abrazo, unos besos o estar cerca de las personas que queremos (amistades, pareja, familia, etc.) Porque siento que sí nos podemos arriesgar para aquellas actividades que beneficien al sistema pero nos limitan y dificultan aquello que supone un sostén emocional y psicológico, aquello que nos permite estar unidad, y simplemente, porque saben que así somos más peligrosas. Y llevo tiempo empezando a ver esta situación como una represión, la instauración del miedo del que habla Naomi Klein en su libro La doctrina del shock.

Para mí, una de las formas de rebelión contra este sistema, es fomentar y fortalecer los lazos afectivos y leer, leer mucho. Porque en el afecto encontraremos apoyo y en la lectura encontraremos las posibilidades, la apertura, la empatía, los mundos imaginarios y, no tanto, que nos permitirán tomar consciencia de aquello que necesitemos, que nos ayudarán a conectar con el presente, a construir la vida, otra vida ajena al sistema capitalista, a darnos la mano y querernos y cuidarnos desde la responsabilidad que también es necesaria ahora.

Quiero oKupar el espacio público, quiero oKuparlo con mis amigas, quiero oKuparlo dando un beso al chico que me gusta y quiero que nos oKupemos las unas de las otras. Cambiará la vida tal como la estamos entendiendo, no sé si por la COVID, las nevadas, los terremotos, las plagas o los ovnis tenebrosos de mi infancia.

En definitiva, que quizás será el fin del mundo pero no el de los afectos.

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