COVID-19. Menos banalidades y más lectura crítica

Treinta días de «encarcelamiento domiciliario» a cuenta del COVID-19. Hemos visto la luna creciente, llena, menguante y nueva. Treinta días de aplausos en los balcones y terrazas, memes, videos graciosos y un sin fin de relleno y otra vez a empezar una nueva fase. Hartazgo, cabreo y, a veces, tristeza (tenemos derecho a la tristeza como reivindica Octavio Salazar) de tanto postureo. ¡Postureo, sí! Que no sé si terminará en el Instagram pero postureo al fin y al cabo. Nos estamos dejando arrasar por lo banal y lo superficial.

Creo que aparte de aquellas pequeñas cosas en el día a día que necesitemos para sentirnos bien y sobrellevar este confinamiento –que es una emergencia y no un triunfo como comenta el filósofo Josep Ramoneda-, de la mejor manera posible , es imprescindible una reflexión y crítica colectiva de lo que podemos esperar o nos espera cuando volvamos  a la supuesta normalidad en la que vivíamos.

amnesicsTenemos que ser conscientes de que a nivel social hemos dado prioridad a la seguridad frente a la libertad. Y no hemos dicho ni pío… eso se lo dejamos a los pajaritos. A la escritora Géraldine Schwarz, autora de Los amnésicos, le sorprende que se haya renunciado con tanta facilidad a un derecho básico y es, por tanto, una cuestión que le asusta (su punto de partida es que la libertad se aprende) ya que la libertad no es un derecho que se tenga ganado para el infinito de los tiempos, sino que siempre hay que estar pendiente de que no pretendan quitárnosla. La escritora además pone de relieve que las normas de confinamiento han sido aprobadas por el casi 100 % de la población sin apenas voces críticas en los medios y que se fomenta como positivo lo bien ha gestionado la situación un país con una dictadura como es China, cuando en los países democráticos se debería desear estar lejos de ese tipo de comparaciones. También se pregunta si las normas son proporcionales a la amenaza (pone en duda algunas de las llevadas a cabo en España). De hecho, las normas de confinamiento han variado según países teniendo en cuenta su forma de entender la democracia y la libertad y el peligro que supone alargar esta situación, es decir, una gestión sanitaria como esta, no está separada de unas ideas políticas.

Por su parte, la filósofa Marina Garcés considera que el control social será emarinal gran vencedor, justificado en aras de la seguridad. Si el miedo triunfa (y los policías de balcón) acabaremos en una sociedad autoritaria donde prevalecerá la exclusión y la desigualdad, y aunque no se menciona explícitamente, afectará en mayor medida a las mujeres (por ejemplo, mayor pobreza, mayor carga de trabajo de cuidados),  una opinión que también comparte el antes mencionado Josep Ramoneda que dice «La historia demuestra que se sabe cuándo empiezan las restricciones de libertades pero no cuándo acaban”.

Un control social, que considero ya están intentando (o haciendo más grande el que ya tenían) algunas grandes empresas (BBVA, Telefónica, Santander, Iberdrola, Inditex). ¿Somos tan ingenuas para pensar que realmente las donaciones que han realizado estas multinacionales de material de primera necesidad para el COVID-19 son realmente altruistas? ¿No esperarán conseguir algún tipo de beneficio político, económico y comercial que reclamarán como legítimo tan pronto como puedan aldoctrina gobierno de turno (al que demasiadas veces le interesa este tipo de acuerdos)? Desde hace tiempo vivimos en una sociedad capitalista, neoliberal y extremadamente individualista que se rige por la privatización y el corporativismo y este tipo de crisis son el trampolín para que emergan o se solidifiquen las ideas neoliberales. Naomi Klein lo explica a la perfección en La doctrina del shock y en algunas entrevistas que ha concedido recientemente. El pánico que genera cualquier crisis (guerra, terrorismo, huracán, pandemias, etc.) son un perfecto caldo de cultivo para someter a la ciudadanía e introducir en el sistema las políticas económicas (siempre de libre mercado) que más favorezcan a los de siempre, es decir, a las multinacionales y a los ricos y poderosos.

En mi opinión, en cierto modo, ahora mismo, estamos siendo domesticadas y amansadas y creo que se está sembrando el miedo dentro de nosotras. También a través del lenguaje, ese lenguaje inoportuno, inexacto, mal empleado, pero efectivo y efectista: el lenguaje bélico, de héroes, donde, siguiendo su lógica tiene que haber vencedoras y vencidas, un lenguaje sumamente agresivo en los medios de comunicación, que se contagia y que supongo se utiliza que con el fin también de intimidar. ¿Quién no tiene miedo a una guerra?  Yo bajo a tirar la basura o a hacer la compra y aunque la calle esté desierta, me siento observada, siento ansiedad y cierta congoja. Camino con prisa (más allá de que me apetece estirar las piernas), encogida, nerviosa. ¡No es normal! ¡No debería parecernos normal! Podría ser normal en el sentido de que nunca nos hemos visto en una situación similar antes y debemos acostumbcriadararnos. Ahí está también la trampa.

Me veo casi siendo un personaje de la novela de Margaret Atwood, El cuento de la criada.Y no me gusta que nuestra sociedad puede llegar a tener cierta similitud con la descrita en dicho libro, en gran parte, por supuesto, por lo que nos supondría a las mujeres; no creo que a nadie que haya leído el libro o visto la serie le agradara lo más mínimo.

Ademariamás, Simone de Beauvoir también en su momento afirmó que toda crisis siempre trae recortes o negación de derechos y libertades para las mujeres. Lo que significa, que a pesar de ser la mitad de la población del planeta, somos susceptibles de estar en peores condiciones a partir de la situación actual, condiciones que se agravan, si tenemos en cuenta la clase social, la religión, la diversidad funcional, la orientación sexual o si hablamos de mujeres “exiliadas por el neoliberalismo” (expresión utilizada por la activista y feminista boliviana María Galindo). ¡Así que cuidado!

Por estos motivos, creo importante leer, la cultura y estar bien informadas. Le damos poca importancia, pero la realidad es que históricamente siempre que se han perpetrado guerras, aparte de todos los asesinatos, torturas, violaciones de mujeres y otras barbaridades, algo que siempre se lleva a cabo es destruir el acervo cultural del país, comunidH404862ad, grupo o tribu atacada e invadida. En nombre, en muchas ocasiones, de la libertad y la democracia, se han pulverizado bibliotecas, obras de arte o museos. ¿Nos parece ahora tan imposible Fahrenheit 451 de Ray Bradbury? ¿Queremos que vuelva a suceder? A lo largo de la historia, además, he visto que las creaciones literarias, y artísticas en general, de las mujeres han sido ocultadas, invisibilizadas y ninguneadas. Está costando muchísimo esfuerzo volver a traer al lugar que se merece la Herstory así que no nos podemos perder el lujo de volver a perderla.

Creemos que las distopías son una especie de fantasía pero recurriendo a un lugar común: la realidad a veces supera la ficción. De hecho estoy empezando a escribir un relato sobre ello, no sé si con connotaciones terapéuticas o de otro tipo pero el cuerpo me pide una historia que narre qué sucedería si a raíz de este confinamiento, en un futuro, las mujeres perdieramos la liberdad, no sólo de movernos solas sino de vivir solas o con otras mujeres. Imagino (con horror) una sociedad donde las mujeres son obligadas a vivir virginiacon un hombre: marido, hijo, hermano o regresar a casa de los padres. Si no fuera posible, se las obligaría a ir a un centro para su reinserción, ¿a través del Tinder? Mientras, paralelamente, un grupo de expertas, en una sede, planean viajes en el tiempo para recuperar (otra vez) los libros escritos por mujeres y que fueron saqueados, destruidos u ocultados, concretamente en esta historia: Una habitación propia de Virginia Woolf, Libros que nunca llegaron a las mujeres de esa sociedad y cuya lectura les llevaría a reivindicar de nuevo la libertad. ¿Es una idea descabellada? Espero que sólo sea eso, mi relato distópico en tiempos del coronavirus.

El pasado 10 y 11 de abril se convocó un apagón cultural en las redes sociales. El sector está bajo mínimos y no atisban que reciban ayudas para salir de esta situación, como lo recibirán personas que trabajan en otros sectores. No hay nada más parecido a un rebaño que una sociedad a la que no se le permita el acceso a la cultura. Necesitamos además una cultura accesible para todo el mundo independientemente de sus posibilidades económicas. Si somos una ciudadanía sin cultura, harán de nosotras lo que quieran. ¡Viva la oveja negra!

Esperemos que como sociedad esto nos sirva para ser lectores y no sólo lectores, sino también críticos; para ser personas más solidarias, que fomentan la amistad y lo valioso de compartir y cooperar; apoyemos y unámonos para transformar el mundo. Ni siquiera volver al de antes, o partir, en todo caso, de lo que teníamos para cambiarlo, porque estamos viviendo en una sociedad llena de violencia, privilegios y poder para una minoría, desigualdad, exclusión, injusticia, xenofobia, machismo y no debeos permitir que esa situación se intensifique y se convierta en muchas de las distopías que leemos. No permitamos que los gobiernos ni las empresas nos manipulen y nos utilicen como sus marionetas para enriquecerse y alcanzar el poder. ¡No a una sociedad capitalista y patriarcal! Además, la revolución será feminista o no será.

índice

Lecturas distópicas:

Las hijas de Egalia de Gerd Brantenberg.

El sueño de la sultana de Rokeya Sakhawat Hossain.

Las cosas que perdimos en el fuego (relato) de Mariana Márquez.

Mujer al borde del tiempo de Marge Piercy.

La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Leguin.

Los desposeídos. Ursula K. Leguin.

El país de las mujeres de Gioconda Belli.

Binti de Nnedi Okorafor

Herland. Charlottte Perkins-Gilman.

Distópicas (libro de relatos).

Poshumanas (libro de relatos).

Parentesco de Octavia E. Butler.

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